jueves, 22 de septiembre de 2016

Espárragos empanados con salsa de queso azul

¡Bienvenida primavera al hemisferio sur! y ¡Bienvenida temporada de espárragos! Es que una cosa va de la mano de la otra... Como si no alcanzara con el simple hecho de que los días ya son más largos y luminosos, nuestros jardines empiezan a llenarse de vida, actividad, colores y aromas, y el clima tiende a querer mostrarse un poco más cálido, intentando sostenerse así, los espárragos inundan mercados y verdulerías para tentarnos con sus ramilletes, coronados por yemas como melenitas (a veces, algo despeinadas o tiradas hacia un lado; en otras ocasiones, con peinados ajustados, más formales, como de fiesta) para darnos un banquete de placeres sencillos.

Como ya saben bien quienes más me conocen, amo los espárragos (aunque debo comerlos con cautela porque no son muy amigos de mi litiasis... Todavía  no me he operado, por distintas cuestiones familiares, pero voy camino a ello) y verlos por todos lados, en ese período corto en que nos honran con su presencia (porque es una de esas hortalizas que se hace la interesante... Sí, sí. Aparece por algunas pocas semanas al año, y donde nos pilla distraídos perdemos nuestra oportunidad hasta el período siguiente) provocan en mí unas ganas incontrolables de prepararlos de mil maneras porque siempre-siempre quedan sabrosos. Como con tantas otras cosas en la vida, a los espárragos se los ama o no se los puede ver ni en pintura; pero, no se les demuestra indiferencia.




Y para festejar el comienzo de la temporada de espárragos (¡y la primavera misma!), les traigo esta receta la mar de simple, con varias opciones para todos los gustos, pocos ingredientes (como de costumbre) y mucho-pero-mucho sabor ;)




Para preparar este plato sabroso y sencillo con que poder deleitarnos en sólo un rato, lo primero será lavar un atado de espárragos y quitarle las partes más fibrosas. Para ello, descartaremos sólo el final de cada tallo, en caso de tratarse de espárragos muy delgados. Sin embargo, en aquellos con tallos algo más desarrollados la tarea será bien simple: Tomaremos cada espárrago por ambas puntas (cuidando de no lastimar las yemas), entre los dedos pulgares e índices de cada mano, realizando una ligera presión o fuerza descendente con los dedos que sostienen la parte final de los tallos (es decir, el extremo opuesto al de las yemas). De este modo, el tallo por sí mismo cederá, rompiéndose justo allí donde se vuelve duro, fibroso y desagradable. Y sin muchas otras complicaciones, tendremos espárragos listos para usarse. De cualquier manera, los restos de hortaliza que no los utilizaremos en este plato son perfectos para añadir a caldos o guisados porque, aunque no los consumamos, aportarán mucho sabor a la receta. 

Una vez limpios, los cortamos en mitades - en sentido longitudinal - y los reservamos.




Entretanto, mezclamos 1 huevo (pastoril/ecológico/de campo) con 1 cucharada de mostaza, 1 cucharada de Garam Masala, 1 cucharada de jugo de limón, sal, pimienta y nuez moscada a gusto. Integramos muy bien y reservamos.

Aparte, combinamos 3/4 taza de pan rallado (puede ser casero, panko/pan rallado japonés...) con 1 cucharada de orégano y semillas de sésamo a gusto (en mi caso, un mix de sésamo blanco, integral y negro para obtener todos sus beneficios).

Entonces, pasamos las mitades de espárragos por la mezcla de huevo y, luego, por el pan rallado, disponiéndolos finalmente en una asadera o fuente apta para horno, humedecida con rocío vegetal (también podemos pincelarla con aceite o con manteca, según prefiramos algo más liviano y sano o algo menos saludable). Cocinamos en horno fuerte hasta que se dore el empanado y servimos calientes o tibios, acompañados de una sabrosa salsa.




Para la ocasión, les propongo realizar una rápida Salsa de queso azul que combina muy bien con los espárragos, aportándoles algo de carácter y mucho sabor. Contrariamente a lo que pueden pensar, se trata de una salsa de aroma y gusto suave; aunque, si así lo prefieren, pueden utilizar cualquier otro queso de su agrado.

Entonces, para preparar la salsa, desgranamos muy bien unos 50 gramos de queso azul y los llevamos, en una cacerolita, a fuego bajo junto con 2 tazas de leche (vegetal o animal) en las que disolvimos 2 y 1/2 cucharadas generosas de almidón de maíz. Condimentamos con sal, pimienta y nuez moscada a gusto (¡Atención! A no excederse con la sal que el queso ya tiene suficiente cuota) y revolvemos con cuidado hasta que la salsa espese. En ese momento, la servimos junto con los espárragos ya cocidos. Puede ser a modo de lecho o en un recipiente aparte para embeberlos antes de ir comiéndolos.




Algunas observaciones y recomendaciones finales: Si al empanado que elijan utilizar le agregan un puñado de harina de maíz/polenta lograrán que los bocados tengan texturas más interesantes, aportando un toque crocante extra.

Cuando hablamos de quesos azules, debemos recordar que entre ellos podemos encontrar estupendos quesos regionales que se distinguen por su sabor, perfume, textura y calidad. Para esta receta pueden utilizar queso Roquefort, Stilton, Gorgonzola, Cabrales... De igual modo, si lo prefieren, pueden reemplazarlo por otros quesos con personalidad que hacen excelente dupla con los espárragos. Puede ser queso Gruyere, Cheddar en todas sus variedades, Lincoln, Fontina... 

Además, si así lo desean pueden acompañar el plato con otro tipo de salsa, aderezo o aliño. Puede tratarse de mostaza de Dijon estilo antigua, alioli de su gusto, salsa de pimientos, mayonesa/mahonesa casera o vegetal (de zanahorias, de remolacha...), quesos veganos a base de frutos secos...

En lugar del huevo que incluye la receta, pueden optar por reemplazarlo por harina de garbanzos y agua caliente (o caldo de vegetales, que aportará más sabor) para conseguir obtener una pasta algo espesa, capaz de reemplazar en el empanado las funciones del huevo batido (aquí pueden encontrar las proporciones para ello). En esta mezcla, pueden incluir los condimentos que incorporé en mi propuesta o los de su agrado: caprese, ajo en polvo, hongos en polvo, zanahorias al curry, variedades de curry...

Por último, les recuerdo que realicé esta receta en horno porque me parece que es mucho más saludable que con otros métodos de cocción. Pero, si no les preocupan las grasas, el colesterol "malo", la hipertensión y otros detalles, pueden freír los espárragos. Eso sí, recuerden hacerlo en un aceite que tolere altas temperaturas sin volverse tóxico, que la temperatura sea la adecuada para que, durante la cocción, no absorban aceite de más y escurrirlos bien en papel de cocina antes de llevarlos a la mesa para retirarles excedentes de materia grasa.




A quienes viven en esta parte del planeta, quiero desearles una hermosa primavera y a mis amigos del hemisferio norte, un estupendo otoño (que también tiene su encanto; además, muchos de ustedes han de estar felices tras el verano sofocante que les ha tocado vivir) :D

Espero que les guste mi receta y que la prueben en casa, si disponen de espárragos frescos.

Les deseo una gran semana. ¡Hasta la próxima! Disfruten mucho junto a sus seres queridos, pásenla muy bien y no olviden experimentar en la cocina que siempre algo bueno sale de allí ;)

Textos y fotografías: ©Bouquet Garni Recetas
Digiscrap: ©Amber Shaw Digital Design Studio/Anita Designs/Bella Gypsy Designs/Booland Design/ Designs by Connie Prince/ Bouquet Garni Recetas

  

viernes, 16 de septiembre de 2016

Pancitos de queso sin gluten

Cuando hablamos de pan que incluye queso, excluyendo gluten de la receta, lo primero que viene a nuestra mente, casi seguramente - en especial, si vivimos en Sudamérica -, es el famoso Chipá. Unos bollitos de pan, oriundos de Paraguay y noreste de la Argentina que también tienen su versión en el sur de Brasil, conocida como Pão de queijo (Pan de queso), que se elaboran a base de fécula de mandioca/yuca/tapioca y quesos, más algunos otros pocos ingredientes. Pues bien, la propuesta de hoy es una variante del clásico Chipá que les garantizo quedará sabroso, tierno, con un corazón bien húmedo y perfumado, irresistible al primer bocado.




Esta es una de esas recetas que agradecemos rinda en buena cantidad porque resulta tremendamente tentadora, desapareciendo de la mesa con una facilidad meteórica. Gusta a todo mundo, se puede preparar con bollitos de mayor tamaño, logrando unos pancitos aptos para rellenar con hamburguesas, croquetas o albóndigas que serán la perdición misma; es una de esas preparaciones aptas para celíacos (por ser libre de gluten) que todo mundo disfruta a rabiar. Además, conociendo un par de secretos, no hay manera que resulten mal; lo que significa un plus de éxito asegurado y aplausos garantizados ;)




¿Comenzamos de inmediato, así en un ratito podemos disfrutar de unos exquisitos pancitos para acompañar el mate, la picada/picoteo con amigos, el desayuno o la merienda?

En un bol, colocamos 500 gramos de fécula de mandioca/yuca/tapioca y le añadimos 4 huevos (de campo/pastoriles/ecológicos) batidos ligeramente, 250 gramos de queso Sardo rallado, 250 gramos de queso Provolone rallado, 100 gramos de manteca/mantequilla pomada/a temperatura ambiente, 1 cucharada de pimentón ahumado (también puede ser páprika, si prefieren que resulten picantones), 1 cucharada de polvo para hornear, sal y nuez moscada a gusto (recuerden moderar el uso de sal, ya que la receta incluye dos variedades de quesos que son bastante salados de por sí).




Por último, incorporamos un poco de leche (vegetal o animal, la de su preferencia) a temperatura ambiente. No tenemos que excedernos en este ingrediente porque es una de las claves para no malograr la receta. Es preferible ir incorporando leche si sentimos que la preparación lo requiere que convertir la mezcla en un engrudo imposible de integrarse. Con las manos iremos homogeneizando y amalgamando todos los ingredientes hasta formar un bollo que amasamos ligeramente porque no necesitamos activar ningún gluten sino, simplemente, lograr una mezcla pareja.




No debemos preocuparnos por obtener un bollo de masa como los tradicionales; aquí, la clave es lograr una masa tierna que no se nos pegue en las manos. Para ello, si fuera necesario, incorporaremos algo más de líquido (siempre en pequeñas porciones para no perjudicar la mezcla) hasta obtener el punto justo: tierna y que no se nos pegue en las manos.

Entonces, tomamos pequeñas porciones parejas, les damos forma de bollitos o bolitas y los disponemos (algo separados entre sí porque - aunque no mucho - un poco crecerán, merced al polvo para hornear), en una placa apta para horno, previamente humedecida con aceite en aerosol (puede estar enmantecada o pincelada con aceite).




Por último, los cocinamos en un horno precalentado a 180°C por unos 15-20 minutos. Deben dorarse, pero tenemos que cuidar que no se pasen de cocción o quedarán duros.

Lo ideal es comerlos tibiecitos, saboreando así su corazón bien tierno, sabroso y perfumado.




Algunas observaciones y recomendaciones finales: Como les dije al comienzo, estos pancitos exquisitos y muy tiernos no tienen muchas complicaciones; sólo debemos respetar a rajatabla algunos detalles para obtener los resultados deseados. Las claves fundamentales de esta preparación están en: mezclar todos los ingredientes juntos de una vez (debemos cambiar el chip de la panadería-pastelería con gluten en la que los líquidos, por lo general, van por un lado y los ingredientes secos por el otro para, luego, integrar todo) y no excederse con la leche que requiere la receta. Para ello, se deberá agregar el líquido en pequeñas porciones porque si nos extralimitamos no hay vuelta atrás.

Si así lo desean, pueden incorporar a la mezcla hierbas frescas picadas (orégano, tomillo, ciboulette, romero, curry...), pimienta recién molida y/o cúrcuma.

Asimismo, en lugar de armar pequeños bollitos para obtener pancitos pueden darles forma de rollitos para armar rosquitas, nuditos, pancitos de mayor tamaño y algo achatados para utilizar como pan para sándwich...




Estos pancitos pueden entibiarse antes de comerlos porque una vez fríos e, incluso, de un día para otro suelen perder parte de sus encantos. Tibios se mantienen tiernos, bien perfumados y húmedos. De igual modo, los bollitos una vez formados pueden congelarse y almacenarse de ese modo para cocerlos por porciones cuando se les antoje comer algo sabroso, quedando como recién preparados. También pueden congelarse una vez cocidos y descongelarse directamente en horno antes de comerlos.

La fécula de mandioca/yuca/tapioca también es conocida como harina de mandioca/yuca/tapioca aunque, en realidad, se trata de un almidón que se extrae de la raíz o tubérculo de este arbusto muy cultivado en toda Sudamérica. Como tal, además de emplearse en la preparación de panes, puede utilizarse como reemplazo de harinas con gluten en preparaciones aptas para celíacos y como espesante de sopas, salsas y guisos, resultando un excelente sustituto del almidón de maíz. Suele conseguirse en dietéticas, comercios especializados en venta de productos para dietas y/o herboristería y en supermercados (sección alimentos para celíacos/productos libres de gluten).

Se cree por registros de época, así como por estudios antropológicos y arqueológicos, que el (o la) Chipá sería la resultante del cruce y mezcla de dos culturas: la de los pueblos originarios guaraníes - quienes ya antes de la llegada de los colonizadores preparaban unas tortas o panes a base de mandioca/yuca/tapioca y de maíz - y la de los padres jesuitas que en sus misiones introdujeron el uso del ganado, así como la crianza de algunos animales de granja, junto con alimentos derivados de su uso (leche, quesos y huevos) que habrían enriquecido la receta original.

La preparación más tradicional (que, por cierto, cuenta con varias versiones, según de dónde provenga) incluye queso de campo o tipo Mar del Plata u Holanda (un queso semigraso, de pasta semidura, elaborado a partir de leche parcialmente descremada), cortado en pequeños cubitos, grasa de cerdo y, en muchos casos, incorpora a la mezcla jugo de limón o de naranja.




En cualquier caso, les garantizo que estos pancitos serán la perdición de quien los pruebe. Es cuestión de comer uno y no querer dejar ninguno... Estoy segura que les encantarán por su sabor marcado a queso, su ligereza y la textura de su masa. Son perfectos para cualquier ocasión, pudiendo servirse junto con patés vegetales/dips, en una picada/picoteo entre amigos, para acompañar una cerveza artesanal o el clásico mate de la tarde. A los más pequeños les encantan y, además, son libres de gluten e ideales para compartir con todo mundo.

¿Qué les parece mi propuesta? ¿Les gustan las recetas de panadería-pastelería libres de gluten? ¿Se animan a preparar estos pancitos de queso? Espero haberlos tentado lo suficiente como para que se entusiasmen en realizarla

Me despido hasta la semana próxima. Espero que la pasen muy bien, disfruten con sus seres queridos y experimenten en la cocina :)

Textos y fotografías© Bouquet Garni Recetas
Digiscrap© Aimee Harrison Designs/Chelle's Creations/Dream Big Designs/Amber Shaw Digital Design Studio/Tracy Martin Scrapbook Designs/Bouquet Garni Recetas

 

jueves, 8 de septiembre de 2016

Milanesas de berenjenas al horno

Si viven en la Argentina, son porteños o han visitado Buenos Aires, con certeza sé que conocen un plato típico de estas latitudes: las milanesas napolitanas/a la napolitana (que lejos de tener alguna mínima relación con Nápoles - es más, de visita por esa ciudad italiana, les garantizo que no la encontrarán en ningún menú local - son bien porteñas como el tango, la calle Corrientes y el obelisco). Plato sencillo, noble - podría decirse - y tentador (lo expreso como chef, no como vegetariana...) que embruja con sus encantos a grandes y chicos, turistas y nativos. Milanesas de ternera, cubiertas con salsa de tomates y abundante mozzarella que se derretirá, gratinándose en el horno. Con profusa ración de papas/patatas fritas forma parte del menú de cualquier bodegón porteño que se precie de tal. Pues, hoy les traigo una variante vegetariana (apta para no vegetarianos, claro está) sabrosa, simple, suculenta y ciertamente pecaminosa; pero, bien saludable ;)




Con berenjenas, que siempre nos dan mucho juego y posibilidades a la hora de realizar platos sabrosos, y algunos poquitos otros ingredientes resolveremos una comida con mucho nutriente y considerable sabor en proporciones iguales. En la receta, no les indico cantidades porque eso dependerá del número de comensales a la mesa y de cuán buen diente tengan :)




Lo primero será que cortemos, en sentido longitudinal, rodajas más o menos parejas y no demasiado gordas de berenjenas (pueden o no estar peladas - en especial si son orgánicas - eso dependerá de su gusto y de cómo les resulten a la hora de digerirlas). Las disponemos, entonces, en capas superpuestas dentro de un colador, salándolas capa por capa (¡pero, sin excedernos!) y las dejamos allí por un buen rato para que pierdan parte de agua. Luego, las secamos con un paño de cocina y las sumergimos en un baño de huevos batidos con sal, pimienta, nuez moscada, orégano y tomillo.




Entonces, las cubrimos de ambos lados con pan rallado (yo utilicé copos de maíz sin azúcar molidos), mezclado con queso rallado (Parmesano, en mi caso) y semillas de sésamo (una mezcla de blanco, integral y negro). Por último, las disponemos en una fuente para horno, humedecida con aceite en aerosol (también podemos pincelarla con el aceite de nuestra preferencia) y las llevamos a un horno fuerte hasta que doren la base/el lado en contacto con la fuente.




Cuando las damos vuelta, le agregamos abundante salsa de tomates (puede ser comercial; sin embargo, la casera siempre sabe mucho mejor), que preparamos sobre un sofrito de cebolla, y trocitos de mozzarella (también podemos rallarla, asegurándonos así que se derretirá y gratinará con mayor rapidez y de modo más parejo). Llevamos nuevamente al horno para que el queso derrita y gratine, logrando toda la magia del plato.




¿Y eso es todo?, se preguntarán. Pues, sí... De las recetas más sencillas se nutre nuestro estómago, alimentando - a la vez - recuerdos de momentos familiares que se graban en la memoria, aportándole el lazo afectivo a un plato de comida que nos marca para siempre. Es que está claro (o, por lo menos, para mí lo está) que para comer rico no se necesita de gran ciencia sino, más bien, de la justa elección de integrantes nobles para armar la receta ;)

Podemos disfrutar estas sabrosas milanesas acompañándolas con papas/patatas (fritas, al vapor, asadas con ricos condimentos...), batatas/camotes/papas dulces (en preparaciones idénticas que las de las papas/patatas), rodajas de zapallo que horneamos con abundantes hierbas, ensaladas de hojas verdes con limoneta (para ayudar a fijar el hierro de las berenjenas), puré de garbanzos, trigo burgol/bulgur, cous cous/cuscús...




Algunas observaciones y recomendaciones finales: Si lo prefieren, pueden reemplazar las berenjenas por zucchinis/calabacines, logrando un plato con sabor algo más delicado.

Si salan las berenjenas con sal gruesa o entrefina, deberán enjuagarlas ligeramente antes de prepararlas para quitarles el exceso de sal. Recuerden, además, que la receta incluye queso rallado que, de por sí, ya es bastante salado.

En lugar de pan rallado tradicional pueden emplear panko/pan rallado japonés o copos de papa deshidratados.

Otra opción (eso sí, más "poderosa" y pesada a la hora de digerirla) es freír las milanesas una vez preparadas y antes de incorporarles la salsa de tomates y la mozzarella, sólo gratinándolas en el horno fuerte. Eso es a gusto de cada quien, sólo que mi propuesta es mucho más liviana y digerible; palabra de honor.

Si lo prefieren, pueden reemplazar los huevos batidos por harina de garbanzos más agua potable hasta formar una pasta algo ligera. De igual modo, para convertir en vegana la receta, pueden reemplazar la mozzarella por queso vegano para derretir y el queso rallado del empanado por rawmesan/queso rallado vegano.

En cuanto a la salsa de tomates, como ya les indiqué antes, pueden utilizar salsa comercial. En ese caso, comprueben que no se trate de un puré de químicos sino que sea un producto lo más natural posible (se consiguen muy buenas salsas de tomate orgánicas sin conservantes, colorantes ni saborizantes). Aunque, si me preguntan qué es mejor, les contestaré sin dudarlo un segundo que la salsa casera de toda la vida (ésa de la receta de la abuela o la bisabuela) con ricos tomates perita/pera bastantes maduros (que no es lo mismo que pasadísimos), que escaldamos en agua caliente para pelarlos con facilidad (aunque, si les gusta una salsa algo más rústica, pueden preparar una exprés con tomates enteritos, con sus pieles y sus semillas), picaditos y cocidos con algo de orégano y mimo. Si son muy quisquillosos, pueden procesar y filtrar el resultado de la cocción en colador de  malla fina, pasa todo/pasa tutto o colador chino para dejarla más sedosa. También pueden realizar esta misma salsa a partir de un sofrito de cebolla picadas (puede ser con algo de puerros y pimientos rojos) que le aportarán más sabor todavía.

Si así  lo desean, pueden reemplazar la salsa de tomates por cebollas (cortadas en juliana o pluma) salteadas o caramelizadas, dándole un giro a la receta que de un estilo napolitano se transformaría a la fugazzeta en un pestañear (pero, sin perder un gramo de sabor).




Antes de despedirme, permítanme contarles el detrás de escena del famoso plato porteño de milanesa napolitana/a la napolitana. Cuenta la historia que hacia finales de la década de 1940 o principios de la de 1950, en el restaurante Nápoli (ubicado frente al Luna Park, en el microcentro porteño) se sirvió por primera vez este clásico de nuestra gastronomía. Allí, cada noche llegaba un comensal pidiendo siempre el mismo menú: una clásica milanesa. Sin embargo, una noche arribó más tarde de lo habitual y el cocinero ya se había retirado. Uno de los mozos o asistentes del restaurante, solícito y voluntarioso más que práctico en las artes de la cocina, se dispuso a completar la comanda; sin embargo, debido a su falta de oficio, la milanesa se pasó de cocción. Rápido para resolver problemas, Jorge La Grotta, dueño del lugar, ordenó al improvisado chef que removiera parte del pan rallado demasiado dorado y que le añadiera salsa de tomate, algo de jamón cocido/york, mozzarella y que la gratinara en el horno. Mientras tanto, él mismo se encargaría de convencer al parroquiano de que probara un plato nuevo. En definitiva, cuando la comida llegó a la mesa, el cliente se devoró la milanesa sin dejar ni rastros, felicitó a todo mundo e impuso - sin saberlo - un clásico de la gastronomía argentina que, originalmente, se llamó Milanesa a la Nápoli y que esa misma noche (y con puño y letra del propio La Grotta) se sumó al menú permanente del lugar. El tiempo - que todo lo desdibuja - fue transformando aquella Milanesa a la Nápoli en milanesa a la napolitana.

¿Qué les pareció la historia? ¿La conocían? ¿Y la receta? ¿Les parece apetitosa? La verdad es que se trata de sabores muy nobles que maridan muy bien entre sí. Berenjenas o zucchinis/calabacines, tomates, cebollas, orégano y queso gratinado parecen indicarnos que nada que los reúna puede salir mal. No sé en sus casas, pero en mi hogar estas milanesas son todo un éxito cada vez que las preparo; de hecho, mi hijo es fanático de cualquier plato que se denomine a la napolitana ;)

Espero que les haya gustado la receta. Nos reencontramos la semana próxima. Hasta entonces, pásenla muy bien, disfruten junto a sus seres queridos y experimenten en la cocina.


Textos y fotografías©: Bouquet Garni Recetas
Digiscrap©: Blagovesta Gosheva Digital Scrapbooking Design/Amber Shaw Digital Design Studio/Bouquet Garni Recetas




viernes, 2 de septiembre de 2016

Gratín de espinacas y brócoli con queso azul

Y comenzó septiembre, casi sin darnos cuenta... En cualquier momento, empezarán los días más lindos, con sol pleno que nos invita a estar más al aire libre y disfrutar de la naturaleza que se renueva con nuevos brotes, flores y una energía burbujeante e imparable que nos conquista y enreda, como en cada primavera :)

La semana pasada les comentaba de las buenas duplas en la pastelería y hoy, justamente, me repito porque los protagonistas de la receta que traigo para convidarles también se llevan de mil maravillas, se complementan y potencian con gracia y resolución propias de productos sencillos a la vez que nobles: papas/patatas, espinacas, brócoli y queso azul. Los juntamos en alguna comida y el 50% de la aceptación está asegurada, sin dudas ;)




Con esta receta participo del Reto de Septiembre 2016 de CdM-Cocineros del Mundo en el apartado Salado




...porque hoy les invito a preparar un Gratín (o Gratinado) de espinacas y brócoli con un corazón de queso azul que llenará de sabores la mesa. Una preparación muy sencilla, pero bien gustosa que seducirá a todos en casa, dándonos la oportunidad de resolver una comida con muchos nutrientes, ingredientes al alcance de la mano y sólo un rato en la cocina. Acompañado de alguna rica ensalada de repollos/coles y zanahorias o de tomates de varios colores nos asegurará un almuerzo o cena completos y variados por donde se los mire.




Para comenzar, cortamos 5 papas medianas, bien lavadas, en láminas finas (puede ser con mandolina de cocina). Luego, las salteamos en 1 cucharada de aceite de coco (o el de su preferencia; incluso, pueden utilizar manteca/mantequilla) hasta que pierdan su turgencia y se doren ligeramente. Condimentamos con sal, pimienta, nuez moscada y 1 cucharadita de orégano. Reservamos.

Aparte, hacemos lo propio con 1 cebolla y 1/4 de pimiento rojo, cortados en brunoise. Cuando la cebolla transparenta, le incorporamos 500 gramos de espinaca (en mi caso, utilicé congelada; pero, puede estar fresca) y 400 gramos de brócoli (también congelado o fresco). Para condimentar, utilizamos sal, pimienta, nuez moscada, 1 cucharadita de cúrcuma y 1 cucharadita de queso vegetal (mezcla de semillas de calabaza y girasol molidas, junto con hierbas, vegetales y algas deshidratados y triturados).




Dejamos cocinar tapado para que los vegetales liberen sus jugos y cuando estén a punto destapamos para que la mayoría del líquido evapore. Entonces, le incorporamos 1 taza de agua potable (también puede ser caldo de vegetales, leche vegetal o animal) en la que disolvimos 2 cucharadas de almidón de maíz. A fuego bajo, revolvemos muy bien hasta lograr que el almidón cocine (para que esto ocurra deberá ser por algunos pocos minutos, al menos) y espese la mezcla, logrando una crema sedosa.

Para armar nuestro Gratín, dispondremos sobre el fondo de moldes ramekin (en los que suelen prepararse los soufflé), previamente humedecidos con rocío vegetal (también pueden estar enmantecados o pincelados con aceite), una generosa porción de las papas salteadas y, por encima, la mezcla cremosa de cebolla, pimiento, espinaca y brócoli. Por último, en el centro le hundimos un trozo generoso de queso azul (el de su preferencia: Roquefort, Gorgonzola, Stilton, Cabrales, Montagnolo...).




Llevamos a horno fuerte y cocemos hasta que el queso se derrita y la superficie se dore. Servimos calientes o apenas tibios, acompañados de una sabrosa ensalada de hojas crujientes o de tomates carnosos y frescos.




Algunas observaciones y recomendaciones finales: Estas cantidades de ingredientes rinden para unos 7 ramekin. En caso de no contar con estos moldes, esta receta puede realizarse en cazuelas o soperas aptas para horno. Incluso, hasta pueden prepararse bocados más pequeños en moldes para muffins.

Las espinacas de la preparación pueden reemplazarse por acelgas, berros, hojas de remolacha/betabel/betarraga, kale/col rizada/col gallega/berza, pak choi/bok choy, grelos... De igual modo, si lo prefieren, en lugar de utilizar papas/patatas pueden emplear batatas/boniatos/papas dulces. En el caso de que las papas/patatas estén bien lavadas y sepamos que proceden de cultivos orgánicos pueden utilizarse con sus cáscaras (que le aportarán un toque crujiente al plato terminado).

Si lo prefieren, en lugar de almidón de maíz pueden emplear fécula de mandioca/yuca en las proporciones que indica la receta.

A esta mezcla de ingredientes, también pueden incorporarle una taza de maíz desgranado y/o de champiñones de París, hongos Portobello, shiitake o aquellos que se den mejor en la región en donde se encuentren, aportando sabores y matices al plato terminado.

Si no les gusta o tienen comensales poco amigos del queso azul, pueden reemplazarlo por variedades menos "potentes" de sabor como Cheddar, Gruyere, Emmental, Pategrás o, incluso, una rica Mozzarella de buena calidad. De igual modo, si buscan convertir esta receta en vegana pueden reemplazarlo por un queso de papa o por cualquier queso vegano que gratine o tenga propiedades para derretir.

Por último, quiero recordarles que al consumir espinacas orgánicas el aporte nutricional es muy superior al de las comercializadas y/o cultivadas con métodos menos naturales y saludables. Tanto como: 2 veces más cantidades de calcio, 4 veces más magnesio, 3 veces más potasio y 300 veces más (¡ni más ni menos!) proporciones de hierro.




¿Qué les parece mi propuesta? ¿Les gustan estos ingredientes? ¿Tienen que estar tratando de disimularlos para que los más pequeños o los más quisquillosos de casa los consuman? Pues, les garantizo que con esta simple receta, todo mundo quedará encantado con la combinación de vegetales verdes, el colchón de papas y el toque del queso azul. Espero que lo prueben y me cuenten qué les ha parecido ;)

Me despido hasta la semana próxima, deseándoles que la pasen muy bien, disfruten junto a sus seres queridos y experimenten en la cocina. ¡Hasta entonces!

Textos y fotografías: ©Bouquet Garni Recetas Digiscrap: ©Tracy Martin Scrapbook Designs/Kimeric Kreations/ Bit O'Scrap/Digidesigned by Wilma Digital Scrapbooking Designs/Bouquet Garni Recetas